Viajes aéreos en la era del cambio climático: ¿pagar más o volar menos?
Combustibles sostenibles, aeronaves más eficientes, innovaciones tecnológicas… ¿Qué pueden realmente aportar estas soluciones ante el creciente tráfico aéreo? Un vistazo a las cifras.

A nivel mundial, el transporte aéreo representa aproximadamente el 2,1 % de las emisiones de CO₂ y el 3,5 % de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Estas cifras se citan a menudo para minimizar su influencia en el cambio climático. Sin embargo, no reflejan adecuadamente el impacto concreto de volar en una persona.
Desde la perspectiva del viajero, el impacto se hace mucho más tangible. Para la misma distancia recorrida, un avión emite tanto CO₂ como un coche privado, pero casi 45 veces más que un viaje en tren TGV (tren de alta velocidad que recorre todo Francia).
Y, sobre todo, volar permite cubrir distancias considerables en tan solo unas horas. En la práctica, una hora en el aire es más de 1500 veces más contaminante que una hora en tren. Es esta combinación de velocidad y distancia la que convierte el transporte aéreo en un modo de transporte especialmente perjudicial para el clima.
Lo que no vemos cuando solo contamos el CO₂
Otro elemento esencial para comprender el verdadero impacto de la aviación: el CO₂ no es el único responsable. A gran altitud, las aeronaves emiten óxidos de nitrógeno, lo que promueve la formación de ozono y estelas de condensación. Estos fenómenos alteran el equilibrio energético del planeta, un mecanismo que los científicos denominan forzamiento radiativo.
Incluso sin tener en cuenta el efecto, aún poco cuantificado, de los cirros artificiales, el impacto climático total de la aviación es aproximadamente el doble del calculado únicamente a partir del CO₂. En otras palabras, al comparar el transporte aéreo con otros medios de transporte, tendemos a subestimar su verdadero papel en el calentamiento global.
El progreso tecnológico se ve frenado por la explosión del tráfico
Los aviones actuales consumen menos combustible por pasajero que hace unas décadas. La industria ha invertido en eficiencia de combustible, y estas mejoras son innegables. El problema es que se ven contrarrestadas en gran medida por el continuo crecimiento del tráfico aéreo, estimado en un 3,5 % anual, y se prevé que se duplique para 2037.

Existen alternativas tecnológicas, pero ninguna permite una transformación rápida y generalizada. Los combustibles de aviación sostenibles (SAF) siguen siendo escasos y cuestan entre cuatro y seis veces más que el queroseno.
Las aeronaves eléctricas se limitan a distancias muy cortas, y el hidrógeno requeriría una renovación completa de la infraestructura. Incluso combinando la eficiencia energética con los combustibles alternativos, el crecimiento del tráfico seguiría provocando un aumento de las emisiones en las próximas décadas.
Paga más… o acepta volar menos
Una encuesta realizada a 1150 personas en 18 países muestra que los viajeros no son indiferentes a estos problemas. De media, afirman estar dispuestos a pagar unos 10 céntimos de euro para reducir sus emisiones de CO₂ en 1 kg. Para un vuelo nacional en Francia que emite 80 kg de CO₂, esto representaría un aumento de aproximadamente 8 euros.
Sin embargo, este nivel de aceptación se mantiene muy por debajo de los costos reales de la transición. Algunos grupos son más tolerantes, en particular quienes sienten vergüenza de volar o quienes tienen hábitos diarios muy respetuosos con el medio ambiente. Sin embargo, en general, estos resultados revelan una clara limitación: la transición de la aviación no puede depender únicamente del precio de los billetes.
Una elección colectiva que debe hacerse.
Proporcionar mejor información sobre las innovaciones, evitar el lavado de imagen ecológico y ofrecer incentivos específicos: estas herramientas son útiles y necesarias. Sin embargo, no serán suficientes para alinear la aviación con los objetivos climáticos establecidos por el IPCC, que exigen una rápida reducción de las emisiones a partir de esta década.
A medio plazo, una reducción del tráfico aéreo parece, por tanto, difícil de evitar. Viajar distancias más cortas, con menos frecuencia, y optar por el tren siempre que sea posible no son solo decisiones individuales, sino decisiones colectivas y políticas. La cuestión ya no es simplemente cuánto costará un billete de avión mañana, sino qué papel queremos otorgar al transporte aéreo en un mundo limitado por las limitaciones climáticas.
Referencias del artículo
Laurent, S., Fernández, A.-S., Rouyre, A. y Chiambaretto, P. (17 de diciembre de 2025). Aviones: ¿Quién está dispuesto a pagar más para contaminar menos? The Conversation.
Bigo, A. (8 de mayo de 2019). Impacto del transporte aéreo en el clima: por qué necesitamos recalcularlo. The Conversation.