¿Y si una flor dejara de existir... solo para los insectos? La contaminación tiene parte de la respuesta
Aunque las flores siguen liberando su aroma, ciertos contaminantes alteran ese rastro químico antes de llegar a los polinizadores, dificultando un proceso esencial para la biodiversidad.

Una flor abre sus pétalos cuando cae la noche y no es para atraer abejas. Su visitante llegará volando horas más tarde, guiado únicamente por el olor. Pero últimamente, muchas de esas señales se están perdiendo antes de completar el viaje.
Las polillas nocturnas dependen del aroma de las flores para encontrar alimento. Ese delicado sistema de comunicación puede romperse sin que la planta cambie en lo más mínimo. El problema está, literalmente, en el aire que rodea a ambos.
¿Qué está borrando el "GPS" natural de las polillas?
Las flores no utilizan luces ni sonidos para atraer a sus visitantes. Muchas especies, especialmente las que florecen de noche, dependen de una mezcla de compuestos aromáticos que funciona como una especie de "GPS químico". Las polillas detectan esas señales a cientos de metros de distancia y las siguen hasta encontrar el néctar.
En pruebas de laboratorio y de campo, las polillas dejaron de visitar las flores cuando ese aroma había sido alterado por estos contaminantes. La flor seguía produciendo el mismo perfume, pero las polillas ya no conseguían reconocerlo.
Lo que ocurre cuando las polillas dejan de encontrar el camino hacia una flor
Aunque el estudio se centró en una especie de onagra silvestre (Oenothera pallida) y en polillas esfinge del oeste de Estados Unidos, el fenómeno podría extenderse a muchos otros ecosistemas.
Numerosas plantas dependen de visitantes nocturnos para reproducirse y producir frutos y semillas. Los experimentos mostraron que, cuando el aroma había sido alterado por estos contaminantes, las polillas prácticamente dejaban de visitar las flores.

Pero el hallazgo más inquietante apareció cuando ampliaron la mirada más allá del laboratorio. Sus modelos sugieren que, en muchas regiones urbanizadas del mundo, la distancia desde la que un polinizador puede detectar una flor se ha reducido en más del 75 % respecto de la era preindustrial.
Un problema que no se ve… ni se huele
La mayoría de las veces hablamos de contaminación pensando en el aire que respiramos o en la visibilidad de una ciudad cubierta por smog. Sin embargo, este trabajo pone el foco en otro efecto mucho menos evidente: la alteración de las señales químicas con las que plantas e insectos llevan millones de años comunicándose.
El equipo advierte que todavía queda por investigar hasta qué punto este mecanismo afecta a otras especies de plantas y polinizadores, e incluso a otras relaciones ecológicas que también dependen del olfato, como la búsqueda de alimento o la reproducción.
Cada noche, miles de flores vuelven a abrir sus pétalos esperando a un visitante que llegará guiado por el olor. La diferencia es que, en un aire cada vez más contaminado, ese mensaje ya no siempre consigue llegar a destino. Y cuando una conversación tan antigua empieza a perderse, las consecuencias alcanzan mucho más que a una sola flor o a una sola polilla.
Referencia de la noticia
Pennisi E.. (2024). At night, pollution keeps pollinating insects from smelling the flowers.