“El lobo de los Andes es el ejemplo de la adaptación al clima: supervivencia extrema del desierto a la nieve”
El zorro culpeo es uno de los mayores ejemplos de adaptación climática en Sudamérica. Vive desde el árido desierto de Atacama hasta la cordillera nevada, ajustando su dieta y comportamiento para enfrentar condiciones extremas y cambiantes.

En Chile lo llaman “lobo”, pero no aúlla como los del hemisferio norte ni vive en manadas organizadas. Se trata del zorro culpeo, una de las especies más versátiles de Sudamérica y un verdadero campeón de la adaptación climática. Desde el desierto más árido hasta paisajes nevados de la cordillera, este astuto sobreviviente demuestra que la naturaleza sabe reinventarse.
El culpeo no solo resiste condiciones extremas: prospera en ellas. Su capacidad para ajustar dieta, comportamiento y hábitos según el entorno lo convierte en un caso fascinante para entender cómo la fauna enfrenta climas cambiantes y ecosistemas contrastantes.
¿Quién es el “lobo” de los Andes?
El zorro culpeo (Lycalopex culpaeus) es el segundo cánido más grande de Sudamérica, solo superado por el aguará guazú. En Chile se distribuye desde el altiplano hasta la Patagonia y es conocido como “lobo andino” por su tamaño y presencia cordillerana.

Se reconoce por su pelaje gris con tonos rojizos en patas y rostro, cola espesa con punta negra y cuerpo robusto. Es más grande que el zorro chilla (Lycalopex griseus), que presenta un aspecto más pequeño y gris uniforme.
En comportamiento, el culpeo es más solitario y territorial, especialmente en montaña. El chilla es más adaptable a ambientes intervenidos. En el sur también vive el zorro de Darwin (Lycalopex fulvipes), más pequeño y restringido a bosques templados.
Del desierto a la nieve: maestro de la adaptación
Lo más sorprendente del zorro culpeo es su capacidad de vivir en ecosistemas radicalmente distintos. Puede encontrarse en el desierto de Atacama, donde las precipitaciones son mínimas y la disponibilidad de agua es escasa, y también en la cordillera andina, donde enfrenta bajas temperaturas, nieve y vientos intensos.
¿Cómo lo logra? Primero, gracias a su dieta oportunista. El culpeo es omnívoro con fuerte tendencia carnívora. Se alimenta de roedores, liebres, aves, reptiles e incluso insectos. En zonas áridas puede complementar con frutos, semillas o carroña, ajustando su menú según lo que el entorno ofrece.
Zorro culpeo alimentándose de una Puya alpestris (Chagual).
— Apu Andes (@ApuAndeschile) February 28, 2026
Con cámaras trampa y mucha paciencia, El destacado fotógrafo de naturaleza Bernardo Segura documentó una interacción más frecuente de lo que parece.#Zorroculpeo #Puyaalpestris #cordilleradesantiago pic.twitter.com/vRqpF18vVr
Estudios ecológicos en Chile y Argentina han demostrado que su dieta varía significativamente según la región, lo que evidencia una notable plasticidad alimentaria. En la estepa patagónica puede depender más de mamíferos pequeños, mientras que en zonas semiáridas incorpora mayor proporción de vegetales.
Adaptarse para sobrevivir en un clima cambiante
El zorro culpeo no solo es un ejemplo de adaptación geográfica, sino también climática. Su espeso pelaje lo protege del frío extremo en la cordillera, mientras que su capacidad de actividad nocturna o crepuscular le permite evitar el calor intenso en zonas desérticas.
En un escenario de cambio climático, donde las condiciones ambientales se vuelven más variables, especies como el culpeo muestran la importancia de la adaptabilidad. Sin embargo, eso no significa que estén exentas de amenazas. La fragmentación de hábitat, la persecución por conflictos con ganadería y la expansión urbana siguen siendo desafíos relevantes.
Cuando la “buena intención” se convierte en amenaza para el culpeo
Hoy el “lobo de los Andes” enfrenta un nuevo riesgo que no tiene que ver con el clima ni con la escasez de alimento. Tiene que ver con nosotros.
En distintos parques nacionales y zonas cordilleranas de Chile, cada vez es más común ver zorros culpeos acercándose a caminos, miradores o campings. Muchos turistas, al encontrarlos “tiernos” o “hambrientos”, les ofrecen comida. Pan, galletas, restos de asado o snacks. Lo que parece un gesto amable puede transformarse en un problema serio.

Al alimentarlos, se altera su comportamiento natural. El culpeo deja de cazar, pierde el miedo al ser humano y comienza a asociar personas con comida fácil. Esto aumenta el riesgo de atropellos, conflictos con comunidades rurales e incluso agresiones defensivas cuando el alimento no aparece. Además, su sistema digestivo no está preparado para procesar comida procesada o salada.
La mejor ayuda es simple: no alimentarlo. Observarlo a distancia, no dejar basura y respetar su espacio permite que siga siendo lo que es: un maestro de la adaptación, no una víctima de la buena intención humana.