El Niño de 1877-78 dejó una lección para Chile: el desastre empieza antes de la lluvia

Hace casi 150 años, un El Niño extraordinario dejó inundaciones en Chile central y sequía en el Altiplano. El CR2 plantea una pregunta incómoda: ¿cuánto del daño lo hace el océano y cuánto las crisis que ya arrastraba la sociedad?

Comparación entre los impactos históricos asociados a El Niño de 1877-1878 y las anomalías cálidas del Pacífico ecuatorial proyectadas para 2026. Imagen izquierda: ilustración generada con IA. Imagen derecha: Ben Noll en X; ECMWF/NOAA.
Comparación entre los impactos históricos asociados a El Niño de 1877-1878 y las anomalías cálidas del Pacífico ecuatorial proyectadas para 2026. Imagen izquierda: ilustración generada con IA. Imagen derecha: Ben Noll en X; ECMWF/NOAA.

Cuando hablamos de El Niño, lo primero que sale es la intensidad. Anomalías, grados, “muy fuerte”, “extraordinario”. Suena técnico y, hay que decirlo, también un poco tranquilizador: si medimos bien el Pacífico, creemos que ya entendimos el problema.

El análisis de Eugenia Gayo, subdirectora del CR2 y académica de la Universidad de Chile, pone el episodio en perspectiva. El Niño de 1877-1878 fue uno de los grandes del siglo XIX, pero sus impactos no se explican solo por lo caliente que estaba el mar.

Un mismo El Niño, dos caras opuestas

El episodio partió a fines de 1876 y alcanzó su máximo en el verano de 1877-1878, pero no hubo una sola cara. En el norte de Perú llovió de más; en el Altiplano central, en cambio, la sequía se instaló con fuerza.

En 1878, los desbordes en Perú dañaron cultivos, caminos y ferrocarriles. En Lambayeque, cientos de viviendas quedaron destruidas, mientras la ciudad de Saña fue arrasada. El agua sobró precisamente donde sus efectos podían ser más devastadores.

En el Altiplano boliviano ocurrió lo contrario: la sequía se arrastraba desde 1876 y ya había golpeado con fuerza a cultivos y ganado. Hacia fines de 1877, en Puno, la economía estaba al límite y la escasez terminó profundizando los conflictos por el acceso al agua.

La intensidad de El Niño no determina por sí sola el desastre: el impacto depende de cómo responde cada territorio y de su vulnerabilidad.

Esa diferencia es clave: la intensidad de El Niño en el Pacífico no se traduce de la misma forma en cada territorio. Primero interviene la respuesta del clima regional; después, las condiciones sociales determinan cuánto daño puede terminar provocando.

En Chile las lluvias cayeron sobre una crisis previa

Las inundaciones de 1877 no encontraron a un país en calma. Chile ya atravesaba una crisis económica y social, mientras el agro arrastraba plagas, enfermedades del ganado y transformaciones profundas en el territorio.

El desastre no comienza el día en que llega la lluvia: parte de la vulnerabilidad ya estaba instalada antes de que El Niño alcanzara su máxima intensidad.

Las lluvias no crearon esa fragilidad: la agravaron. Por eso, Gayo subraya que el desastre no comienza el día en que llega la lluvia. Un sistema productivo golpeado resiste peor un invierno extremo, y una sequía pesa mucho más cuando faltan reservas, mercados o vías para mover alimentos. Parte del daño ya se estaba incubando antes de que El Niño alcanzara su máxima intensidad.

De la sequía al hambre, y del hambre al Estado

En Bolivia, la pérdida de cosechas provocó un fuerte aumento en el precio de los alimentos. Durante 1878 se registraron saqueos y revueltas en Tarata, Sucre y Cochabamba, donde además aumentó la mortalidad por hambre y enfermedades asociadas a la sequía.

La sequía prolongada puede reducir la disponibilidad de agua, afectar cultivos y disminuir la producción agrícola, generando impactos que luego se extienden hacia los precios de los alimentos y la economía.
La sequía prolongada puede reducir la disponibilidad de agua, afectar cultivos y disminuir la producción agrícola, generando impactos que luego se extienden hacia los precios de los alimentos y la economía.

En Cochabamba, los cereales se encarecieron con fuerza entre 1877 y 1878, mientras la mortalidad mensual se alejó de sus valores habituales. La crisis también golpeó las finanzas públicas: cayó la actividad económica y disminuyeron los ingresos fiscales.

Ahí aparece la cadena de impactos: falta agua, cae la producción, suben los precios, empeora la salud y se debilita el Estado. La sequía explica una parte importante del problema, pero no basta por sí sola para explicar el hambre ni la crisis fiscal.

¿Y la Guerra del Pacífico?

Bolivia, ya apretada por terremotos, epidemias y sequía, fijó en 1878 un impuesto al salitre. Una hipótesis sugiere que esa presión fiscal se agrandó con la sequía asociada a El Niño.

Eso no convierte al clima en “culpable” de la guerra. El conflicto tenía causas territoriales, económicas y diplomáticas propias. El clima no escribe la historia solo, tampoco pasa por el costado sin tocarla.

Tropas durante la Guerra del Pacífico (1879-1884), conflicto que enfrentó a Chile, Perú y Bolivia tras años de tensiones territoriales, económicas y diplomáticas. Crédito: Archivo histórico.
Tropas durante la Guerra del Pacífico (1879-1884), conflicto que enfrentó a Chile, Perú y Bolivia tras años de tensiones territoriales, económicas y diplomáticas. Crédito: Archivo histórico.

Chile y Bolivia llegaron golpeados, cada uno a su manera, al mismo episodio. Poco después, ambos entraron en una guerra que redibujó el mapa. El caso no pide una línea recta, pide mirar cómo un extremo se mete en una coyuntura ya tensa.

El pasado no se repite igual, pero deja una advertencia útil

Comparar El Niño de 1877-1878 con el episodio de 2026 exige cautela. Hoy existen satélites, modelos de pronóstico, sistemas de alerta, hospitales e infraestructura que entonces no estaban disponibles. Pero también hay ciudades más grandes, redes más interdependientes y nuevas formas de vulnerabilidad.

Un evento físicamente intenso no tiene por qué provocar las mismas consecuencias que hace 150 años. El riesgo cambia según la infraestructura, la planificación territorial y la capacidad de respuesta. Puede reducirse con prevención, pero también aumentar con expansión urbana, degradación ambiental o sistemas cada vez más conectados entre sí.

Por eso, ante El Niño 2026, la pregunta no debería limitarse a cuántos milímetros caerán o cuánto se calentará el Pacífico. También importa saber en qué condiciones encuentra el fenómeno a cada territorio: cómo están sus ciudades, caminos, reservas de agua, sistemas productivos y comunidades más expuestas.

La lección de 1877-1878 sigue vigente: la intensidad del fenómeno no explica por sí sola el desastre. El impacto nace del encuentro entre la amenaza y la vulnerabilidad existente. Las amenazas no siempre pueden evitarse, pero la exposición, la preparación y la capacidad de respuesta sí pueden cambiar.

Referencia de la noticia

CR2. Análisis CR2 | El Niño de 1877-1878: ¿por qué la intensidad del fenómeno no explica por sí sola sus impactos?.