Las señales invisibles de las flores: cómo las abejas saben dónde polinizar

Con el inicio de la primavera meteorológica, las temperaturas comienzan a subir en la zona central, aunque persisten marcados contrastes entre mañanas frías y tardes de hasta 25 °C. Este cambio también modifica la actividad de flores e insectos polinizadores.

Las abejas utilizan señales visuales, aromas y otras pistas de las flores para localizar alimento y elegir dónde polinizar, una relación clave para la reproducción de numerosas plantas.
Las abejas utilizan señales visuales, aromas y otras pistas de las flores para localizar alimento y elegir dónde polinizar, una relación clave para la reproducción de numerosas plantas.

El 1 de septiembre comenzó la primavera meteorológica y, aunque el calendario no significa que las condiciones primaverales aparezcan de manera uniforme, la transición ya comienza a sentirse en la zona central.

Esta semana es un buen ejemplo: después de la inestabilidad inicial, el ingreso de altas presiones favorecerá mañanas frías y tardes más templadas, con máximas que podrían superar los 20 °C y acercarse a los 25 °C en sectores de la Región Metropolitana y O’Higgins.

Para las abejas, esta diferencia no es menor. La temperatura condiciona su actividad de vuelo, mientras las plantas avanzan en sus procesos de floración. En los frutales, ambos fenómenos deben coincidir para que el polen pueda ser trasladado y posteriormente producirse la fecundación. INIA ha estudiado precisamente la importancia de las abejas en la polinización de especies frutales cultivadas en distintas zonas productivas de Chile.

El lenguaje que las flores utilizan para atraer a las abejas

Una flor no es simplemente un lugar donde las abejas encuentran alimento. Color, aroma, forma y estructura funcionan como señales que permiten a los polinizadores localizar y reconocer los recursos disponibles.

Las flores utilizan colores, aromas y patrones —algunos visibles solo en ultravioleta— para guiar a las abejas hacia sus recursos y facilitar el contacto con el polen.
Las flores utilizan colores, aromas y patrones —algunos visibles solo en ultravioleta— para guiar a las abejas hacia sus recursos y facilitar el contacto con el polen.

Las abejas poseen un sistema visual diferente al humano y pueden percibir radiación ultravioleta. Algunas flores presentan patrones que nosotros no podemos observar, pero que pueden ayudar al insecto a localizar el centro floral. El aroma también aporta información cuando la abeja se aproxima, mientras que la arquitectura de la flor determina cómo su cuerpo entra en contacto con el polen y las estructuras reproductivas.

La interacción tampoco es exclusiva de Apis mellifera. Abejorros, abejas nativas, sírfidos y otros insectos pueden transportar polen entre flores. En la agricultura, la presencia de distintos polinizadores puede complementar el trabajo de las abejas melíferas y ampliar las posibilidades de interacción entre insectos y cultivos.

Además, las abejas pueden presentar constancia floral, es decir, concentrar sus visitas en determinadas especies durante sus vuelos de forrajeo. Esto resulta particularmente importante para la agricultura, porque favorece el traslado de polen entre flores de una misma especie.

La primavera no llega igual para todos

La meteorología entra en escena de una manera menos evidente. Una abeja puede encontrar una flor, pero necesita condiciones ambientales apropiadas para desplazarse y recolectar néctar o polen.

Las bajas temperaturas reducen la actividad de vuelo, mientras que la lluvia y el viento también pueden limitar el trabajo de los polinizadores. Por ello, una tarde cercana a los 20-25 °C puede ofrecer una ventana de actividad muy diferente a una mañana cercana a los 2-5 °C.

Pero la temperatura también afecta directamente a la planta. Una vez que el polen alcanza el estigma, debe germinar y desarrollar un tubo polínico que avance por el estilo hasta alcanzar el óvulo. La velocidad y el éxito de este proceso dependen de las condiciones ambientales y de las características de cada especie.

Así, la primavera establece una especie de sincronización: las plantas desarrollan sus flores mientras los insectos aumentan progresivamente su actividad. Cuando ambos procesos coinciden bajo condiciones favorables, aumentan las posibilidades de una polinización eficiente.

No todo el polen termina en un fruto

Aquí aparece una diferencia fundamental: que una abeja transporte polen no garantiza que exista una polinización efectiva.

Imagen microscopica de grano de polen de cerezo
Imagen microscopica de grano de polen de cerezo

En algunas especies y variedades se necesita polinización cruzada. En esos casos, el polen debe ser viable y compatible con la flor receptora. INIA explica que la combinación entre una variedad principal y su polinizante solo resulta compatible cuando se cumplen determinadas condiciones relacionadas con la esterilidad del polen y del estigma.

Por eso, los investigadores pueden analizar el polen en diferentes etapas. Primero pueden identificar de dónde proviene; después determinar si está vivo y puede germinar; y finalmente establecer si es compatible con la variedad que debe fecundar.

La microscopía permite reconocer características de los granos, como su tamaño, forma y ornamentación superficial, comparándolas con muestras de referencia. Otros análisis permiten evaluar la viabilidad y germinación, mientras que los estudios de compatibilidad ayudan a determinar si el tubo polínico podrá avanzar hasta alcanzar el óvulo.

En otras palabras, “hay polen” no significa necesariamente “habrá fruto”.

Por eso, mientras la primavera comienza a modificar las temperaturas de la zona central, también se activa una compleja cadena biológica. El clima condiciona la actividad del insecto; la flor entrega las señales para atraerlo; la abeja transporta el polen y la compatibilidad entre la planta donante y receptora determinará si aquella visita puede terminar en fecundación.

Y así, detrás de una abeja que vemos sobre una flor durante una tarde templada de septiembre, existe un proceso que puede comenzar con unos pocos grados de diferencia y terminar, meses después, determinando cuánta fruta llegará finalmente a nuestras mesas.