¿Una abeja puede "poner cara" de gusto o desagrado? Este estudio dice que sí

Un experimento con cámaras ultrarápidas reveló que estos insectos se relamen si prueban algo dulce y sacuden la cabeza con desagrado ante sabores amargos.

El equipo liderado por Fei Peng y Cwyn Solvi, trabajó con 18 colonias de abejorros, les ofrecieron diferentes líquidos y los filmaron con cámaras de alta velocidad.
El equipo liderado por Fei Peng y Cwyn Solvi, trabajó con 18 colonias de abejorros, les ofrecieron diferentes líquidos y los filmaron con cámaras de alta velocidad.

Todos hemos visto a una abeja ir de flor en flor, como si siguiera un programa perfectamente escrito. Llega, recoge néctar y continúa su camino. ¿Pero y si en realidad estuviera tomando pequeñas decisiones sobre lo que le gusta y lo que no?

Eso es justamente lo que acaba de descubrir un equipo de investigadores de China y Australia. Al grabar abejorros con cámaras de alta velocidad, observaron que, después de probar ciertos alimentos, hacían gestos distintos según la experiencia fuera agradable o desagradable.

El hallazgo, publicado en PNAS, sugiere que estos insectos podrían tener una vida interna mucho más compleja de lo que creíamos.

Cuando algo les gusta… y cuando definitivamente no

Los científicos ofrecieron a los abejorros tres tipos de líquidos: uno dulce, otro amargo y otro salado. Después grabaron cada movimiento con cámaras capaces de captar detalles invisibles al ojo humano y las imágenes mostraron un patrón sorprendente.

Tras beber azúcar, las abejas repetían un movimiento de la lengua parecido al que hacemos cuando disfrutamos una comida especialmente rica. En cambio, al probar líquidos amargos o salados, sacudían la cabeza y se limpiaban la boca una y otra vez, como intentando deshacerse del sabor.

No significa que sonrían o hagan muecas como nosotros. Pero sí que responden de maneras diferentes según cómo evalúan lo que acaban de probar

¿Placer o solo instinto? Una prueba ayudó a resolver la duda.

Ahora, ojo, porque aquí viene lo interesante. El equipo de investigación quería asegurarse de que esos gestos no eran simples reflejos automáticos. Para comprobarlo, hicieron un experimento muy interesante.

Primero, deshidrataron ligeramente a las abejas. Luego les ofrecieron agua salada. ¿El resultado? Las abejas, que antes la rechazaban con asco, ahora la bebían con ganas y… hacían la misma “carita” de satisfacción que con el azúcar.

El estudio señala que estas serían señales de que el insecto distingue entre una experiencia agradable y otra desagradable, algo que hasta ahora solo se había documentado con claridad en mamíferos.
El estudio señala que estas serían señales de que el insecto distingue entre una experiencia agradable y otra desagradable, algo que hasta ahora solo se había documentado con claridad en mamíferos.

Esto demostró que no era un reflejo mecánico, era una respuesta genuina a lo que les gusta o les disgusta. "Mucha gente acepta que los insectos pueden sentir y aprender, pero les cuesta pensar que puedan evaluar algo como agradable o desagradable. Nuestros hallazgos desafían esa intuición", explicó Fei Peng, investigadora de la Universidad de Guangzhou y líder del estudio.

Un cerebro más pequeño que un grano de arroz… y lleno de sorpresas

El cerebro de una abeja pesa menos de un miligramo. Aun así, coordina vuelos de kilómetros, recuerda dónde están las flores, se orienta con el Sol, aprende rutas y hasta puede reconocer patrones. Ahora la lista podría ser todavía más larga.

Sin embargo, los científicos son cautos. No afirman que las abejas sientan emociones como los seres humanos, pero tienen una herramienta nueva para explorar esa frontera: pueden observar sus “expresiones” y trabajar experimentalmente con ellas.

"Lo importante es que ahora tenemos una ventana práctica a su vida interior", dice Andrew Barron, neuroetólogo de la Universidad de Sydney.

¿Qué hace un neuroetólogo?
Estudia los circuitos cerebrales de los animales para entender cómo controlan sus conductas naturales en el día a día.

El siguiente paso es entender cómo surge esa experiencia mental a partir de las conexiones neuronales. Cerrar esa brecha entre lo físico y lo subjetivo.

Es fácil pasar por alto a una abeja mientras va de flor en flor. Pero ese viaje, que parece tan automático, podría esconder algo mucho más complejo: un insecto que no solo responde al mundo que lo rodea, sino que también lo evalúa.

Esa diferencia abre preguntas como: ¿Está solo recolectando néctar o está disfrutando el momento? Porque, según la ciencia, quizás no esté tan lejos de cuando tú te relames después de un buen bocado.

Referencia de la noticia

Y. Zhou,T. Ingraham,A.B. Barron,F. Peng, & C. Solvi. (2026). Bumblebees’ orofacial reactions to tastes provide evidence for affective evaluation.
Macquarie University. (2026). Study reveals the ‘inner life’ of bees.