Agua, clima y eventos extremos: los factores que están cambiando el valor productivo de los campos agrícolas en Chile
El valor del suelo agrícola ha aumentado en distintas regiones de Chile. Además de la expansión frutícola y el interés de inversionistas, factores como el agua, el clima y los eventos extremos influyen cada vez más en su potencial productivo.

De acuerdo con antecedentes de la inmobiliaria Colliers publicados por Diario Frutícola, entre 2015 y 2026 el valor de los terrenos agrícolas aumentó hasta 140 % en regiones como Biobío, Los Ríos y Los Lagos, mientras que en Maule el incremento alcanzó hasta 125 %. La valorización se relaciona, entre otros factores, con la expansión de especies frutales y el interés de distintos actores por activos agrícolas.
Este crecimiento también ha impulsado una mirada más detallada sobre las condiciones que permiten sostener la producción en cada territorio. La ubicación de un campo no determina por sí sola su potencial: las características climáticas, hídricas y edáficas pueden modificar tanto las oportunidades productivas como los riesgos asociados que definen el concepto de zonificación.
Más precipitación no significa necesariamente mayor seguridad hídrica
Los registros de la Dirección Meteorológica de Chile muestran diferencias importantes en la precipitación entre las zonas agrícolas del centro-sur. Por ejemplo, en Maquehue, Temuco, la precipitación normal 1991-2020 alcanza aproximadamente 1.115 mm anuales, con 209,6 mm como promedio normal durante junio, pero solo 49 mm en diciembre. En Pichoy, Valdivia, la precipitación anual normal supera los 1.700 mm y también presenta una marcada concentración durante los meses de invierno.

Esta distribución es relevante para la agricultura, ya que una elevada precipitación anual no implica necesariamente disponibilidad de agua durante todo el ciclo productivo.
La capacidad de almacenamiento, la infraestructura de riego, la demanda hídrica de los cultivos y, en el sentido contrario, la capacidad de evacuar excedentes también forman parte de la seguridad productiva de un predio.
El evento del 22 de septiembre muestra el otro lado del agua
El sistema frontal asociado a un río atmosférico que comenzó a afectar al centro-sur el 22 de septiembre está mostrando precisamente esa dualidad. La DMC mantiene una alerta por precipitaciones intensas con isoterma cero alta en sectores de La Araucanía, Los Ríos y Los Lagos, mientras SENAPRED advierte sobre el riesgo de crecidas, deslizamientos y remociones en masa.
En sectores con suelos de drenaje limitado, las precipitaciones intensas pueden favorecer anegamientos y problemas de aireación radicular, mientras que en frutales establecidos en zonas expuestas a lluvias durante etapas sensibles pueden aumentar determinados riesgos productivos.

En el caso de las cerezas, por ejemplo, INIA identifica la lluvia como uno de los factores asociados a la partidura del fruto y considera las cubiertas plásticas como una herramienta de protección frente a este problema.
Así, el valor productivo de un campo agrícola comienza a depender de una combinación cada vez más compleja: calidad del suelo, disponibilidad y gestión del agua, aptitud agroclimática, infraestructura y capacidad de adaptación frente a eventos meteorológicos.
En un escenario de expansión frutícola y mayor variabilidad climática, conocer el comportamiento histórico del clima y evaluar los riesgos específicos de cada territorio puede ser tan relevante como conocer la superficie o ubicación de un predio.
El suelo agrícola no es solamente un activo inmobiliario: su valor también está condicionado por las condiciones que permiten transformar ese territorio en producción sostenible en el tiempo.