El “arca de Noé” de las semillas ya funciona en Chile: el plan para salvar cultivos del cambio climático
Bajo temperaturas controladas y estrictas medidas de conservación, Chile protege miles de semillas agrícolas y especies nativas en una verdadera “arca de Noé” vegetal para el futuro.

Mientras el cambio climático altera temporadas agrícolas, intensifica sequías y favorece nuevas plagas, Chile mantiene funcionando una infraestructura poco conocida pero estratégica para el futuro de la alimentación: un banco de semillas capaz de conservar miles de variedades vegetales bajo condiciones extremas de resguardo.
El lugar ha sido comparado con un “arca de Noé” vegetal porque su objetivo es precisamente evitar la pérdida irreversible de diversidad genética agrícola. Allí se almacenan semillas de cultivos tradicionales, especies nativas y variedades adaptadas históricamente a distintos territorios del país.

La iniciativa es liderada por el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA), organismo dependiente del Ministerio de Agricultura, que actualmente conserva más de 33 mil muestras genéticas vegetales, dentro de su Red de Bancos de Germoplasma.
El “búnker” chileno que protege semillas a bajas temperaturas
Uno de los principales centros de conservación se encuentra en el Instituto de Investigaciones Agropecuarias INIA Intihuasi, en Vicuña, Región de Coquimbo, donde funciona un moderno banco base de semillas diseñado para actuar como respaldo nacional de las colecciones genéticas protegidas en Chile.
Este centro tiene capacidad para almacenar hasta 75 mil muestras bajo condiciones controladas de -18 °C y apenas un 15 % de humedad relativa, parámetros que permiten ralentizar el envejecimiento natural de las semillas y mantener su viabilidad durante décadas.
Entre las variedades resguardadas existen cereales, forrajeras, hortalizas, leguminosas, tubérculos, especies medicinales, oleaginosas, frutales e incluso flora endémica chilena. Muchas de ellas corresponden a cultivos tradicionales adaptados históricamente a sequías, heladas o condiciones extremas del territorio nacional.
El sistema fue diseñado además para funcionar como respaldo ante posibles catástrofes naturales, crisis climáticas o pérdida de biodiversidad agrícola, un escenario que preocupa cada vez más a nivel internacional.
Chile también envía semillas a la bóveda mundial de Svalbard
El trabajo de conservación genética desarrollado por Chile no se limita al territorio nacional. El INIA también participa del sistema internacional de resguardo del Svalbard Global Seed Vault, la gigantesca bóveda construida en Noruega y considerada la principal reserva de semillas del planeta.

Hasta allí se han enviado numerosas variedades de trigo desarrolladas por el instituto, además de ejemplares de maíz chileno. Este resguardo opera mediante el denominado “Acuerdo de caja negra”, un sistema internacional donde las semillas continúan siendo propiedad exclusiva del país que las deposita.
En la práctica, funcionan como una copia de seguridad frente a guerras, desastres naturales, fallas técnicas o cualquier emergencia que pudiera afectar las colecciones originales. La lógica es simple: si un cultivo desaparece o una colección se pierde, las semillas pueden recuperarse desde estas bóvedas de respaldo.
Mucho más que guardar semillas en un refrigerador
Aunque muchas veces estos bancos se imaginan como simples cámaras llenas de sobres etiquetados, el trabajo detrás de la conservación genética es mucho más complejo. Cada muestra debe ser clasificada, monitoreada y sometida periódicamente a pruebas de germinación para asegurar que continúe siendo viable con el paso del tiempo.

Algunas semillas incluso necesitan regenerarse mediante nuevos cultivos controlados para evitar la pérdida de material genético.
Esa información puede resultar fundamental para desarrollar cultivos más resistentes frente a sequías prolongadas, nuevas enfermedades o cambios extremos de temperatura.
Las semillas ancestrales podrían convertirse en una herramienta clave
Durante décadas, gran parte de la agricultura moderna priorizó variedades altamente productivas y uniformes. Pero frente al avance del cambio climático, la diversidad genética volvió a convertirse en un recurso estratégico. Muchas semillas tradicionales conservan características únicas desarrolladas durante generaciones: tolerancia a sequías, resistencia al frío, adaptación a suelos pobres o distintos ciclos de crecimiento.

Justamente esas cualidades podrían resultar esenciales en escenarios climáticos cada vez más extremos. Por eso, instituciones científicas y agrícolas buscan no solo conservar estas variedades, sino también integrarlas a estrategias de agricultura sostenible y resiliencia climática. En Chile, variedades locales de papas chilotas, quinoas altiplánicas, porotos campesinos y maíces tradicionales representan parte de ese patrimonio biológico que podría adquirir un valor aún mayor durante las próximas décadas.
El próximo desafío: ampliar la red genética del país
El INIA proyecta además la creación de una red nacional de bancos de recursos genéticos, la primera de este tipo en Chile, junto con la construcción de un nuevo centro especializado en la Región de Magallanes.
La idea es fortalecer aún más la capacidad de conservación y descentralizar parte del resguardo genético nacional, considerando que el cambio climático podría afectar de manera distinta a cada zona del país. En un escenario donde la biodiversidad agrícola disminuye en muchas partes del mundo, estas semillas ya no representan solo el inicio de una planta. También son una reserva estratégica de adaptación, seguridad alimentaria y patrimonio biológico para el futuro.
Referencias de la noticia:
- ADN Radio. (2025). El “Arca de Noé” chileno: así funciona el banco de semillas que protege más de 33 mil especies.
- Marca Chile. (2025) Conoce el “Arca de Noé” chileno: el refugio de semillas ante el cambio climático y posibles catástrofes.
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