Ni tan verdes ni tan vivas: por qué las praderas están perdiendo más insectos que las ciudades y los cultivos
Un estudio en Alemania revela que las praderas intensamente manejadas presentan una mayor homogeneización de insectos que los campos agrícolas y las zonas urbanas, desafiando la idea de que estos ecosistemas son siempre los más ricos en biodiversidad.

Durante años pensamos que las praderas eran los grandes refugios de la biodiversidad, verdaderos “hoteles cinco estrellas” para los insectos. Pero un nuevo estudio alemán viene a romper ese mito: hoy, las praderas intensamente manejadas albergan comunidades de insectos más homogéneas y menos diversas que los campos agrícolas y hasta que las zonas urbanas.
La investigación, liderada por científicos de la Universidad de Würzburg y publicada en Nature Communications, analizó la biodiversidad de insectos en 179 parcelas de Baviera, comparando praderas, campos agrícolas, bosques y áreas urbanas. El resultado es contraintuitivo: los espacios que consideramos más “naturales” no siempre son los más diversos.
Praderas verdes… pero biológicamente repetidas
El equipo estudió cerca de 12.000 unidades genéticas de insectos, pertenecientes a unas 450 familias distintas, usando técnicas avanzadas de identificación por ADN. Lo que encontraron fue que las praderas presentan el mayor grado de homogeneización ecológica, es decir, que distintas regiones terminan teniendo las mismas especies dominantes.
“Las praderas, y no los asentamientos ni los campos, exhiben el mayor grado de homogeneización”, explicó el investigador Jörg Müller, uno de los autores del estudio. Esto significa que las especies especializadas están desapareciendo y están siendo reemplazadas por insectos generalistas, capaces de sobrevivir casi en cualquier condición.
El problema no es la pradera, es cómo la manejamos
¿La causa? No es que las praderas sean malas por naturaleza, sino que la gestión intensiva las está empobreciendo. El uso constante de fertilizantes, los cortes frecuentes del pasto y la eliminación de flores silvestres reducen drásticamente los nichos ecológicos disponibles.

Según Müller, “el cultivo intensivo mediante fertilización elevada y cortes periódicos genera uniformidad en toda la extensión”. Es decir, cuando todo el paisaje se maneja igual, la biodiversidad también se vuelve igual… y pobre.
Desde el punto de vista ecológico, esto es grave, porque la diversidad es lo que permite que los ecosistemas sean resilientes frente al cambio climático, las plagas y las enfermedades.
Campos agrícolas: pequeños pero sorprendentemente diversos
Aquí viene lo inesperado: los campos agrícolas mostraron mayor diversidad que las praderas. En Baviera, muchas parcelas son pequeñas (en promedio, de solo 1,6 hectáreas), y están sujetas a rotación de cultivos, cambios estacionales y distintos tipos de manejo.

Esta variabilidad crea un verdadero mosaico de condiciones ambientales, con diferentes microhábitats que permiten la coexistencia de más especies de insectos. Como explicó la investigadora Orsi Decker, autora principal del estudio, esta alternancia genera “condiciones únicas en el espacio y el tiempo”.
En otras palabras, aunque los campos sean productivos, su diversidad estructural termina beneficiando más a los insectos que una pradera uniforme cortada como alfombra de estadio.
Ciudades: el inesperado refugio verde
Y si esto ya parecía raro, lo de las ciudades es aún más sorprendente. Aunque las zonas urbanas tienen menos biomasa de insectos, presentan una alta diversidad de especies gracias a jardines, parques, huertos urbanos y áreas verdes heterogéneas.

Cada barrio es distinto: hay plantas ornamentales, flores exóticas, árboles frutales, maceteros, malezas espontáneas. Todo eso genera una diversidad de recursos que favorece comunidades de insectos muy variables entre sectores.
Así, mientras una pradera rural puede ser ecológicamente repetitiva, una ciudad puede funcionar como un archipiélago de microecosistemas para polinizadores, escarabajos, mariposas y abejas.
¿Y los bosques? Tampoco se salvan
El estudio también encontró altos niveles de homogeneización en bosques, sobre todo en aquellos con árboles de la misma edad y copas cerradas. Este tipo de gestión forestal moderna reduce la entrada de luz, la diversidad de plantas y, por tanto, los nichos disponibles para insectos.
Bosques “ordenados” y visualmente bonitos no siempre son sinónimo de ecosistemas sanos. A veces, el desorden natural es justo lo que más biodiversidad genera.
Conectar, diversificar y cortar menos
Los autores proponen varias soluciones claras: manejo menos intensivo de las praderas, reducción del uso de fertilizantes, menos cortes de pasto y, sobre todo, mayor conectividad entre hábitats.
Bordes de bosque, setos, corredores verdes y zonas seminaturales funcionan como refugios donde los insectos pueden sobrevivir tras cosechas o cortes, y luego recolonizar los espacios intervenidos.
En tiempos de crisis climática y colapso de polinizadores, el mensaje es potente: no basta con que un paisaje sea verde, tiene que ser diverso. A veces, menos orden y más naturaleza real es lo que los insectos —y el planeta— necesitan.