¿Tu limonero está amarillo? No es falta de agua, es que no puede “comer” hierro
¿Tu limonero luce hojas amarillas pese a los riegos? El problema puede estar en el suelo. Aprende a reconocer y corregir la clorosis férrica, una carencia común en verano.

En verano, muchos jardineros se enfrentan al mismo escenario: hojas amarillas en el limonero, un aspecto apagado y ramas que parecen perder fuerza. El instinto inmediato suele ser regar más, pero el agua no siempre es la respuesta
Es más, el exceso de agua no solo no soluciona el problema, sino que puede agravarlo. En la mayoría de los casos, el verdadero origen del amarillamiento está en el suelo: un desequilibrio que impide que la planta absorba adecuadamente ciertos micronutrientes esenciales.
El hierro, en particular, juega un papel clave en la formación de clorofila. Cuando el limonero no puede incorporarlo, aparece una deficiencia conocida como clorosis férrica, una de las más comunes en cítricos. Aunque el hierro esté presente en el suelo, factores como el pH, la textura o la calidad del agua pueden volverlo inaccesible para las raíces, y el resultado es ese color amarillento que tantos jardineros confunden con sed o envejecimiento natural.
Cómo reconocer la clorosis férrica
El síntoma más característico es el amarillamiento entre las nervaduras, que permanecen verdes. Esta coloración se observa primero en las hojas más jóvenes o en los brotes nuevos, porque el hierro no se traslada con facilidad dentro de la planta.

A medida que la deficiencia avanza, las hojas pierden casi todo su color y pueden secarse en los bordes. Este patrón contrasta con otras deficiencias. Por ejemplo, la falta de nitrógeno provoca un amarillamiento más uniforme que comienza en las hojas viejas, ya que el nitrógeno sí se moviliza dentro de la planta.

En cambio, la deficiencia de potasio produce amarillamiento en los bordes de las hojas viejas, que avanza hacia el centro dejando a veces una zona verde en forma de “V”. También puede causar bordes quemados, hojas enrolladas y frutos más pequeños con cáscara fina. Reconocer estas diferencias es esencial para aplicar el tratamiento adecuado.
Por qué ocurre esta deficiencia
La clorosis férrica se asocia a suelos donde el hierro existe, pero no se encuentra en una forma que la planta pueda asimilar. Esto ocurre principalmente por el pH. En suelos con pH alto (alcalinos), el hierro se combina con otros elementos, como el calcio, y forma compuestos insolubles.
Es típico en terrenos calcáreos, es decir, con alto contenido de carbonatos o “cal”, comunes en muchas zonas del centro y norte de Chile, donde el agua de riego también contiene sales minerales.

En cambio, los suelos ácidos, como los del sur de Chile, presentan menos casos de este tipo de deficiencia, aunque pueden sufrir problemas opuestos, como un exceso de disponibilidad de metales que resultan tóxicos si el pH es demasiado bajo.
Otros factores también influyen:
- Riego excesivo o mal drenaje, que asfixian las raíces y limitan la absorción.
- Abuso de fertilizantes fosfatados o nitrogenados, que alteran el equilibrio químico.
- Baja materia orgánica, que reduce la actividad microbiana y la disponibilidad de micronutrientes.
En síntesis: el hierro está ahí, pero el limonero no puede captarlo.
Cómo revertir el problema
El tratamiento más eficaz combina una corrección inmediata con un manejo preventivo del suelo:
- Aplicar quelatos de hierro: son productos que contienen hierro en una forma fácilmente absorbible por las raíces. Los quelatos de tipo EDDHA son los más estables en suelos alcalinos. Se aplican disueltos en agua de riego, preferiblemente al inicio de la primavera o cuando aparezcan los primeros síntomas.
- Ajustar el pH del suelo: si el suelo es calcáreo o la planta está en maceta, conviene acidificar ligeramente el sustrato. Puedes hacerlo incorporando compost maduro, azufre elemental o con riegos ocasionales de agua ligeramente acidificada (unas gotas de vinagre o jugo de limón por litro de agua).
- Mejorar la estructura del suelo: incorporar compost maduro o humus de lombriz aumenta la materia orgánica y favorece el desarrollo de microorganismos que liberan nutrientes bloqueados. Un suelo vivo y aireado absorbe mejor los micronutrientes.
En casos severos, también puede aplicarse hierro foliar, aunque el efecto es más rápido y temporal. Lo ideal es corregir el origen del problema, no solo sus síntomas.
Un recordatorio para todo jardinero
El amarillamiento del limonero no siempre es un signo de descuido, sino una señal de desequilibrio en el suelo. A veces, regar más puede empeorar el problema, sobre todo si el exceso de humedad impide que las raíces respiren.

Entender el lenguaje de las hojas es el primer paso: si amarillean las más jóvenes, el hierro está ausente; si lo hacen las hojas viejas, revisa el nitrógeno; y si todas se marchitan, el problema puede ser el agua. Saber interpretarlo a tiempo es lo que marca la diferencia entre una planta enferma y un árbol que vuelve a brotar con fuerza.