El universo como guía del campo: así relacionaba el pueblo mapuche el cielo austral con los ciclos agrícolas
Mucho antes de los calendarios impresos, el pueblo mapuche observaba el Sol, la Luna, Venus y las estrellas para reconocer los cambios estacionales, organizar ceremonias y acompañar las actividades agrícolas. El cielo era parte viva del territorio y no un espacio distante.

Mucho antes de los calendarios modernos, el pueblo mapuche observaba el cielo para reconocer los cambios estacionales, organizar sus actividades y comprender los ciclos naturales. El Sol, la Luna, Venus y las estrellas eran parte esencial de su relación con el territorio.
En esta cosmovisión, el firmamento no estaba separado de la vida cotidiana. La Vía Láctea podía entenderse como un río celestial, mientras Wünelfe, el Lucero del Alba, anunciaba el amanecer y acompañaba momentos de orientación, renovación y conocimiento espiritual.
El cielo también formaba parte del territorio
Para la cultura mapuche, la naturaleza no estaba dividida entre tierra y cielo. Ambos espacios integraban un mismo sistema, donde los astros, las lluvias, los animales, las plantas y las personas se relacionaban entre sí. La observación del firmamento permitía reconocer ciclos que se repetían y anticipar transformaciones en el entorno.
El Sol, conocido como Antü, y la Luna, llamada Küyen, ocupaban un lugar central. Sus movimientos ayudaban a comprender el paso del tiempo, mientras que las fases lunares se vinculaban con la fertilidad, la germinación y diferentes actividades comunitarias.
Este conocimiento no constituía un calendario astronómico idéntico en todo el territorio. Las interpretaciones podían variar entre comunidades mapuche, lafkenche, pewenche o williche, pues dependían del paisaje, el clima local y la transmisión oral.
La Vía Láctea era observada como un gran río celestial
En las noches despejadas del sur de Chile, la Vía Láctea aparece como una extensa franja luminosa que atraviesa el firmamento. Dentro de distintas interpretaciones, mapuche ha sido vinculada con un río o camino en el cielo, una imagen que conecta las aguas terrestres con el mundo superior.

Algunas fuentes utilizan expresiones relacionadas con un río celestial o con una senda por la que circulan fuerzas, antepasados y seres del firmamento. Más que una “constelación” aislada, esta estructura luminosa podía entenderse como parte de una geografía celeste: el cielo también tenía caminos, territorios y señales.
Relatos recopilados entre comunidades lafkenche mencionan la Vía Láctea junto con conjuntos estelares asociados a objetos cotidianos, animales y labores rurales, como el “montón de papas”, el rastro del avestruz o el boleador. Estas figuras muestran cómo el cielo era interpretado desde la experiencia territorial y productiva de cada comunidad.
Wünelfe: la luz que anunciaba el amanecer
Uno de los astros más reconocidos era Wünelfe o Wuñelfe, identificado generalmente con Venus cuando aparece como Lucero del Alba. Su brillo antes de la salida del Sol lo convertía en una referencia para señalar el despertar, el comienzo de las actividades y la llegada de la primera luz.
Wünelfe también se representa mediante una estrella de ocho puntas o una cruz foliada. Su presencia en la iconografía mapuche demuestra que Venus no era solamente un punto brillante, sino una figura cargada de significado cultural.
Un calendario escrito sobre el cielo
La observación de los astros se complementaba con señales terrestres: el comportamiento de las aves, la aparición de brotes, las lluvias, las heladas y los cambios de temperatura. El cielo no entregaba una fecha exacta para sembrar, pero ayudaba a reconocer cuándo comenzaba una nueva etapa natural.

Este conocimiento alcanzaba uno de sus momentos más importantes durante el We Tripantu, asociado al nuevo ciclo tras el solsticio de invierno. Desde entonces, los días vuelven a alargarse y la naturaleza inicia lentamente su renovación.
Así, el firmamento austral no era únicamente un espectáculo nocturno. Era memoria, orientación y calendario: una herramienta para comprender cuándo descansar, sembrar, reunirse y prepararse para el ciclo que comenzaba.
Referencia de la noticia
R. Moulian, M. Catrileo y F. Hasler. (2026). Boletín del Museo Chileno de Arte Precolombino.