¿Por qué hablamos con los chatbots? La psicología, la ciencia y el “no lo sé” que casi nunca dicen

Cada vez más personas conversan a diario con chatbots para informarse, escribir o pedir consejos. Pero detrás de estas charlas hay procesos psicológicos y tecnológicos que explican por qué los tratamos como humanos y por qué rara vez reconocen sus límites.

La interacción entre humanos y máquinas se vuelve cada vez más cercana, como ocurre con los chatbots, generando vínculos de confianza con sistemas que, aunque parecen inteligentes, solo simulan comprensión a partir de datos.
La interacción entre humanos y máquinas se vuelve cada vez más cercana, como ocurre con los chatbots, generando vínculos de confianza con sistemas que, aunque parecen inteligentes, solo simulan comprensión a partir de datos.

Cada vez más personas conversan a diario con chatbots: para pedir recomendaciones, resolver dudas, escribir textos o simplemente desahogarse. Lejos de ser solo una herramienta tecnológica, estos sistemas se han convertido en una especie de “interlocutor digital” que activa mecanismos muy humanos: curiosidad, confianza y hasta empatía.

Pero, ¿qué hay detrás de esta relación tan fluida entre humanos y máquinas? ¿Por qué tendemos a hablarles como si fueran personas? Y, más curioso aún: ¿por qué a los chatbots les cuesta tanto admitir que no saben algo?

Cuando el cerebro trata a la IA como a una persona

Una de las claves está en cómo funciona nuestro cerebro. Diversos estudios en psicología cognitiva muestran que los humanos tenemos una tendencia natural a antropomorfizar, es decir, atribuir características humanas a objetos o sistemas no humanos. Lo hacemos con mascotas, con autos… y ahora también con inteligencias artificiales.

Si un chatbot responde con lenguaje natural, usa emojis, recuerda datos previos o mantiene un tono amable, nuestro cerebro lo interpreta como una entidad social. No lo pensamos conscientemente, pero activamos los mismos circuitos mentales que usamos cuando conversamos con otra persona.

Nuestro cerebro tiende a humanizar a los chatbots: si algo se comunica como una persona, lo interpretamos como una entidad social y lo tratamos como si realmente lo fuera.

Esto explica por qué muchas personas agradecen a los chatbots, se disculpan con ellos o incluso les cuentan problemas personales. La interacción se siente segura, sin juicio y sin consecuencias sociales reales.

Chatbots: asistentes, terapeutas y oráculos digitales

Otro factor clave es el rol que han tomado los chatbots en la vida cotidiana. Hoy cumplen funciones que antes estaban reservadas a personas reales: asistentes, profesores, orientadores, redactores e incluso una suerte de “terapeuta express”.

Los chatbots se han convertido en asistentes cotidianos: siempre disponibles para orientar, aconsejar o simplemente conversar, generando una sensación de compañía y apoyo similar a la de una interacción humana.
Los chatbots se han convertido en asistentes cotidianos: siempre disponibles para orientar, aconsejar o simplemente conversar, generando una sensación de compañía y apoyo similar a la de una interacción humana.

Además, los chatbots tienen algo muy atractivo: siempre están disponibles. No se cansan, no se molestan y no te dejan en visto. En un mundo acelerado, eso los vuelve extremadamente convenientes.

Desde el punto de vista psicológico, hablar con un chatbot puede generar una sensación de control: puedes preguntar lo que quieras, cuando quieras, sin miedo a quedar en ridículo. Para muchas personas, eso es liberador.

¿Por qué a los chatbots les cuesta decir “no lo sé”?

Aquí viene una de las partes más interesantes. Aunque parezcan muy seguros, los chatbots “no saben” cosas en el sentido humano. Funcionan prediciendo palabras basadas en enormes volúmenes de datos. Su objetivo principal es dar una respuesta plausible, no necesariamente correcta.

Aunque parece seguro, el chatbot “no sabe” realmente las respuestas: solo predice palabras a partir de datos, lo que a veces lo lleva a improvisar cuando no tiene información clara.
Aunque parece seguro, el chatbot “no sabe” realmente las respuestas: solo predice palabras a partir de datos, lo que a veces lo lleva a improvisar cuando no tiene información clara.

Y eso genera un problema: están diseñados para responder siempre. Decir “no lo sé” es, paradójicamente, una mala respuesta desde el punto de vista del modelo, porque corta la conversación y no cumple su función principal: generar texto útil.

Los chatbots no están hechos para decir “no lo sé”, sino para responder siempre, aunque eso implique improvisar cuando no tienen información real.

Por eso, muchos chatbots tienden a rellenar vacíos con información inventada o incompleta, un fenómeno conocido como alucinaciones de IA. No mienten a propósito, simplemente “improvisan” cuando no tienen datos claros.

¿Estamos creando vínculos con máquinas?

Así como tendemos a confiar en personas que se expresan bien, también confiamos en los chatbots por la manera en que comunican. Un mensaje claro, ordenado y con tono profesional activa en nuestro cerebro una sensación inmediata de credibilidad, incluso antes de evaluar si la información que entregan es realmente correcta.

Cuando un chatbot responde con seguridad, buena redacción y rapidez, solemos asumir que “sabe lo que dice”. Nuestro cerebro asocia automáticamente fluidez con inteligencia, aunque en realidad esa fluidez puede ser solo una construcción estadística y no una señal real de comprensión o conocimiento profundo.

Este fenómeno puede ser muy útil en tareas cotidianas, como buscar datos simples o redactar textos, pero también implica riesgos. En temas sensibles como salud, finanzas, ciencia o decisiones personales importantes, una respuesta mal interpretada puede generar errores, malas decisiones o una confianza excesiva en un sistema que no tiene criterio propio.

Aunque los chatbots no tienen emociones, nuestro cerebro los trata como si fueran seres sociales, y eso basta para crear vínculos reales con entidades que no sienten nada.

Algunos investigadores ya hablan de “relaciones parasociales” con la inteligencia artificial: vínculos emocionales unilaterales donde la persona siente cercanía, pero el otro lado no tiene conciencia ni emociones reales. No es que los chatbots tengan sentimientos, pero nuestro cerebro reacciona como si los tuvieran, y eso basta para generar apego, confianza y hasta dependencia.

Para cerrar, los chatbots no son buenos ni malos: son herramientas útiles, pero limitadas. No piensan ni entienden el mundo, solo generan respuestas. El desafío es usarlos con criterio, verificar la información y recordar que, aunque parezcan humanos, siguen siendo sistemas estadísticos.

Referencia de la noticia

- The Conversation. ¿Por qué hablamos con los ‘chatbots’?